Por tanto, el equipo de investigación pudo acceder a la correspondencia de WhatsApp y revisarla, pero la sofisticada solución tecnológica que se encontró para saltarse el candado no reveló la identidad de la persona cuya huella dactilar se utilizó para bloquear el acceso a la aplicación de WhatsApp. El sentido común lleva, por supuesto, a suponer que esta es la huella dactilar del propietario del dispositivo, o al menos del dueño del mismo, que en este caso era el acusado, ya que el teléfono fue incautado en su posesión el 29 de agosto de 2022, y la evidencia recogida lo demuestra, cuando hoy ya no hay disputa de que el dispositivo fue usado por él y que lo tuvo en las semanas previas al asesinato. En este contexto, el acusado fue interrogado sobre este asunto, así como su importancia en relación con su correspondencia con Wasfi el día del asesinato, como parte de su último interrogatorio policial el 6 de octubre de 2022.
Durante ese interrogatorio, los interrogadores sorprendieron al acusado y abrieron el Samsung A32 (omitido) delante de sus ojos..., y en un momento dado le explicaron que WhatsApp había sido bloqueado por el asistente y le pidieron que pusiera el dedo en la pantalla para comprobar si su huella dactilar abría la aplicación. El acusado se negó, y repetidamente se negó, cada vez que se le pidió que realizara esta acción [P/164 en pp. 38-41]. Inmediatamente después, se le preguntó al acusado por la correspondencia con Wasfi, y afirmó que no recordaba quién era, incluso después de que le mostraran una foto de Wasfi, a pesar de que hoy no hay duda de que es una persona que le conoce bien durante muchos años. En cualquier caso, se le preguntó explícitamente al acusado sobre la correspondencia con Waspi desde el día del asesinato, y volvió a afirmar que no recordaba a la persona ni la correspondencia, y volvió a rechazar la petición de los interrogadores de poner su dedo en la pantalla para negar o fundamentar la suposición de que fue su huella dactilar la que abrió la solicitud [ibid., pp. 42-49].